En más de
20 años de vivir por mi cuenta, es decir – sin relación de dependencia total
con mis papis – nunca había tenido un perro. La vida itinerante primero y luego
vivir en Galápagos había puesto las cartas en contra de tener un perro. En
Galápagos, si bien hay perros. Muchos. Muchos más allá de los que son realmente
cuidados y queridos, era nuestro principio en contra de los animales
introducidos. En islas, los animales introducidos – desde perros, pasando por
gatos y chivos a moscas y salamanquesas – son una de las peores amenazas a su
integridad natural. En nuestro jardín teníamos cucúves, lagartijas, pinzones y
un césped donde descansar sin tener que mirar primero.
Como en
todo lado, y nuestro país no es una excepción. Muchos perros llevan la vida de
perros. Flacos, ojerosos, cansados y sin ilusiones. No tienen abrigo, ni
comida, ni cariño. Tienen cachorros y hambre. Comen lo que hay, cuando
hay. Tienen sarna y cadenas. Tienen
golpes y menosprecio. El tener un perro esterilizado es señal de poca valía. De
poca hombría, pasando por lo del género. Y por consiguiente hay perritos para
regalar. Literalmente. Pero no los regalan, algunos los venden, la mayoría los
abandona. Y se convierten hasta en problema de salud pública. Un dolor de
cabeza para los amantes de los animales y un rubro en el presupuesto para las
autoridades.
En Ecuador,
generalmente los perros son puertas afuera. Viven afuera, duermen afuera y se
bañan en la lluvia. Uno les da un tap-tap en la cabeza en la mañana y en la
tarde, al llegar del trabajo, un buen grito para que se muevan de la puerta del
garaje para poder terminar el día viendo la tele. Pocos son los que comparten
la merienda familiar debajo de la mesa, el calor de los pies del humano de
turno mientras nos regalan con esos ojos perrunos, llenos de amor. Agradecidos
por que su vida de perro es menos trágica que de sus congéneres callejeros.
En
Australia, generalmente los perros son puertas adentro. Tienen seguro médico,
hospitales veterinarios con estrictas reglas de procedimiento y alta
tecnología. Son esterilizados pronto. Tienen cama, dama y chocolate – por
ponerlo en analogías humanas. Las playas se llenan a las cinco de la tarde con
familias enteras que corren, juegan, saltan y socializan con sus perros. Por su
parte, los perros asisten a la escuela para aprender a comportarse en
sociedad. Los humanos, en el proceso,
somos más humanos. Más felices, más relajados y con mayor conexión con eso que
nos hace humanos. La habilidad de tener empatía, de ser solidario con los más
pequeños. De ser felices con las cosas pequeñas.
Como alguna
vez me dijo un conocido, hasta para ser perro se necesita tener suerte…
[Este artículo fue publicado orginalmente en Diario El Tiempo de Cuenca http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/11116-vida-de-a-perro/ el 15 de agosto del 2015]
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