Me preguntaron a dónde voy. Cuándo me he ido, lo he hecho con propósito. Qué al intercambio, que a una pasantía, que a una conferencia, que a un taller internacional. Cuando cumplí los ticinco, ya había estado en los cinco continentes y mi pasaporte lucía sellos de entrada y salida de múltiples países. Gracias al inglés aprendido en el intercambio y a las herencias heredadas pude oír en vivo y en directo como suena el hebreo, el chino, el afrikáans y el malayo. Comí perca del Nilo, probé pepinos de mar y tomé travarica. Mi pasaporte se abría automáticamente en los membretes gordos y redondos de visa a países que generalmente estaban vedados para humildes portadores de pasaporte ecuatoriano. Esos mismos países que primero nos colonizaron y luego nos vetaron la entrada.
Cada uno de estos viajes representaba un trámite logístico, administrativo y económico monumental. Cartas oficiales de invitación, gastos pagos o pruebas de fondos, viajes interprovinciales mientras vivía en provincia continental y transoceánicos desde Galápagos. La visa para los EEUU era imperdonable en el proceso pues mostraba que uno viajaba y no se quedaba. Irónicamente, los colonizadores se quedaron mientras que los colonizados no podíamos hacerlo.
Para ir de turista, igual.
Verde: no visa; Rojo: visa requerida. Fuente: https://www.passportindex.org/passport/ecuador/
Hoy por hoy, los ecuatorianos tenemos acceso libre (sin visa) a 53 países (ranking#99). Esto incluye la mayoría de Latinoamérica y el Caribe, y la mitad de Asia. Ningún país colonizador nos da acceso libre. El mejor pasaporte es el de Emiratos Árabes Unidos (#182) seguido de Singapur y Malasia. Peor que nosotros está Jamaica (#96), Guyana (#95), Bolivia (#87), República Dominicana (#93) y Cuba (#71). Para un ecuatoriano, eso de viajar por las puras no existe, viajar implica cierto nivel de logística y preparación. Y paciencia.
En mi historial viajero, tuve el privilegio de poder ir a dónde necesitaba, siempre. Hasta que el siempre se acabó, como se acaban las cosas en la vida. Desde marzo del 2024 estuve preparando a) un taller internacional en Alemania; y, b) un viaje de turismo para festejar 25 años de amistad con mis Ambas4. En agosto del 2025, ya con todo listo: participantes, hoteles, agenda, USD3,500 para mis gastos y armada con mi residencia permanente en Australia me embarqué al proceso ya rutinario de ir a pedir la visa. Pagué el inescrupuloso valor de un pasaje de ida a Quito y me fui con mi mochila llena con los documentos probatorios de mi idoneidad para nuevamente ir a Europa. Tenía todo: carta de invitación, suficiente dinero, hospedaje, relevancia académica y sobre todo mi residencia permanente en Australia. Si bien Alemania era mi destino final, solicitaba la visa Schengen por España pues planeaba turistear en Madrid y Barcelona y luego ir a Alemania. La entrevista fue genérica, exitosa y en paz.
Pues España me negó la visa. El cónsul español con el nombre más de cónsul jamás visto, firmaba el formulario genérico con la negación. Que no había dado suficiente razón para ir, y que no. Punto final. Luego intenté por Alemania, pero ni siquiera me dieron la oportunidad pues según ellos debía haberlo hecho desde Australia. Volví a postular por España, y me la negaron más rotundamente esta vez. Había más información en la carta firmada por el cónsul con nombre de cónsul, pero el resultado el mismo. En el proceso desembolsé más de USD350 por los dos intentos por España que fueron a las arcas de la colonia española, como en el pasado.
El 14 de marzo del 2026 recibí mi ciudadanía australiana y apenas recibí mi pasaporte azul decidí que viajaría. Viajaría por las puras, por las mismas o por las de siempre. Mi pasaporte azul me abría el mundo. Me compre dos mapas tamaño familiar, uno del mundo y otro solo de Europa y empecé a planificar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario